Lo único que en ocasiones me anima a seguir escribiendo es leer algún fragmento mío anterior, no importa de cuándo ni qué lejanía ofrezca en el tiempo (puede ser reciente o antiguo, eso da igual) que me estremezca y me cuestione la pregunta que tantas veces me asalta: «¿pero fui yo quien escribió esto?». O, también, musitar inconscientemente, envidiosamente, admirativo y odiador a un tiempo: «ojalá hubiera escrito yo este párrafo, esta página, esta línea, esta frase». Y caer luego en la cuenta, sorprendido y repleto del rubor que precede al orgullo, de que aquellas palabras fueron concebidas por mi mente y escritas por mi mano, magníficas ambas en ese instante mágico y atípico. Aunque, por mejor decir, no concluyo pensando que son mi mente o mi mano actuales, sino las de antaño, que fueron y confluyeron de ese modo tan sorprendentemente bello e inusual.
Del Diario Digital, inédito; entrada de 19 de febrero de 2001
