ÁRBOL CANSADO Y HUMILLADO

Aquel arce tuvo un comienzo dificultoso, oblicuo, desencaminado, y por aquel entonces, no hubo quien corrigiera su rumbo atípico e insolente. Pronto se vio que de aquel árbol se sacaría poco porque, con una edad ya respetable, aunque aún en plena juventud madura pegó un gran cambio que sorprendió a todos por su audacia, su riesgo contra la propia gravedad, aunque nadie le pudo discutir su personalísima vía de crecimiento. Durante años, cuando todavía su tronco leñoso y creciente poseía suficiente vigor, fue el ejemplar más conocido del parque, todos hablaban de él, unos con desprecio, otros con admiración, sin dejar indiferente a nadie. Pero la vejez fue endureciendo los vasos y dificultando cada primavera el momento en que sus yemas brotaran y una nueva generación de hojas y frutos diera su año por bueno. Muy pronto, su envergadura se acercaba a un peso mayor que la resistencia que sus raíces podían ofrecer. Aquel arce se derrumbaría en cualquier momento, y nadie podría evitar que la selección natural castigara su anticonvencional crecimiento, alejado de la cordura y lo ortodoxo. Sin embargo, un concejal avispado, sin conocimiento alguno de botánica ni de darwinismo, pero con mucho control sobre los medios de comunicación, entrevió un remedio. Arrepentido y humillado, el arce se quiso morir de vergüenza. Pero desde entonces, lo mismo que le sostiene en pie, le recuerda cada día su pasado, su decrepitud, su dependencia.

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