MI ESPOSA NO LO SABE (MICRORRELATO)

Hace ocho meses me echaron de la empresa. Mi esposa no lo sabe. Pero supe reciclarme. Mi pasión de siempre ahora me da el sustento. Mi habilidad con las manos y las cartas siempre fue mi afición. Ahora es mi trabajo. Y lo desarrollo en el metro. Cambio de línea todos los días. Así no me aburro. Así no parezco repetitivo. Así los demás son siempre nuevos, siempre receptivos, siempre generosos. Gano más que antes. El horario que hago es el mismo. Aunque es más cansado, sí. Pero soy mucho más feliz. Mi esposa no sabe nada de esto. Pero los billetes que llevo son del mismo color. Y algo más abundantes. Por eso ella está contenta. Incluso más que hace sólo un año.

Hoy en cambio, en uno de los vagones donde trabajaba, sucedió lo impensable. Al fondo, con las manos entrelazadas con otro hombre, iba sentada mi mujer. No me percaté al principio, de modo que ejecuté todo el ritual, el saludo, la reverencia, la pregunta a quien más cerca tenía, el ofrecimiento de cartas, la adivinación instantánea, los aplausos, las monedas. Aunque ella tendría que haberme visto antes, fui yo quien la divisé primero, embobada en tan alto grado que ni se había enterado de mi presencia, mucho menos de mi actuación. Y ahí estaba, amarradita a su amante, con las manos entrelazadas y su mirada en la de él, sin haberse entrevisto siquiera algo del espectáculo que yo había ejecutado.

Podía haberlo dejado pasar. Podía haber montado un escándalo. En cambio, me acerqué al fulano, sin mirarla a ella. Con mi mejor sonrisa, le ofrecí las cartas. Una sola. Mírela. Lo hizo. Ella fue enrojeciendo sin decir palabra. Los demás observaban. La sota de copas, ¿verdad? Exacto. Extraordinario. ¿Cómo lo hace? Secreto profesional. También adivino el futuro. ¿De veras? Sí. Sobre todo, el inmediatamente posterior. ¿Sabría decirme algo para hoy mismo? Estamos de aniversario. Y me ofreció un billete pequeño, divertido. Desde luego. Adelante. Tras un breve manejo de las cartas y un teatral corte, descubrí el rey de bastos, que mostré a la concurrencia. Pues bien, su historia de amor terminará antes de la noche. Pero, ¿qué dice? Como lo oye. Pero como es una mala noticia, no le cobro la predicción. Que tengan todos un buen día. Di la vuelta. Oí cuchicheos a mi espalda, mientras salía del vagón. Quien me viera creería que sonreía. Pero sólo era una mueca cruel. Mi mente maquinaba el siguiente paso.

Del libro inédito Micrólogos

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