Karen Armstrong es una pensadora que ha estudiado las diferentes religiones, tanto comparativamente entre ellas, como en sus orígenes y en las consecuencias de sus diferentes credos. Muy prestigiosa en los ámbitos académicos, se trata de una especialista laica en temas religiosos, aunque en su momento fue monja católica (1962-69), experiencia de la que salió con sólo 25 años.
El librito que traigo hoy a colación es una brevedad que edita Siruela en su colección “Biblioteca de ensayo”, en un formato pequeño (A6 – 10,5 x 15). Se titula Breve historia del mito, y es una obra de divulgación histórica sobre este interesante tema, en la que no se habla tanto de mitología como cabría suponer, sino que se ciñe al título, y trata al mito como objeto de su análisis, desde sus inicios -según ella ya en tiempos neandertales- hasta nuestros días. La obra consta de un capítulo introductorio sobre lo que es el mito, y los seis restantes son otros tantos períodos históricos donde se aprecia la evolución que el concepto de mito y el uso del mismo ha tenido hasta nuestros tiempos.
La obra es muy legible, lo que anima a seguir adelante, pese a no ser un tema ni de actualidad ni de mayorías. Todas sus tesis están apoyadas por estudios que cita sin abrumar, y sus opiniones personales no abundan, por lo que podemos calificarla de una obra con un buen porcentaje de objetividad científica, siempre sin perder de vista que se trata de un libro divulgativo y no una obra de tesis.
En lo que a mí respecta, la he leído con agrado y aprovechamiento. Pero si la traigo aquí, no es para hacer una reseña al uso, sino por algo que dice a punto de terminar el volumen, en el capítulo de la época contemporánea, cuando el uso del mito se ha rendido por completo al logos, y eso ha generado ciertas alienaciones y carencias explicativas que atemorizan a los humanos. A punto de concluir, la autora defiende la necesidad de mitos “que nos ayuden a identificarnos con todos nuestros semejantes (…) a comprender la importancia de la solidaridad (…) a crear una actitud espiritual (…) a volver a venerar la tierra como algo sagrado”. Pero no es eso lo que me llamó la atención, sino que en la p. 174 dice: “Los novelistas también han recurrido a la mitología para explorar el dilema moderno”. Y tras preguntarse si puede una novela laica reproducir un mito tradicional, y responderse que sí, viene la coda final, que me impactó sobremanera, y que reproduzco en su integridad:
«Con todo, la experiencia de leer una novela tiene características que nos recuerdan la percepción tradicional de la mitología. Puede considerarse como una forma de meditación. Los lectores tienen que convivir con una novela durante días o incluso semanas. La novela los traslada a otro mundo, paralelo, pero separado de su vida cotidiana. Los lectores saben perfectamente que el reino ficticio no es “real”, y sin embargo, mientras están leyendo, y el mundo resulta convincente. Y una vez concluida su lectura, una novela poderosa, se convierte en parte del telón de fondo de nuestra vida durante mucho tiempo. Es un ejercicio de fantasía que, como el yoga o una ceremonia religiosa, derriba las barreras del espacio y el tiempo y amplía nuestras simpatías, de modo que somos capaces de sentir empatía por otras personas y por su sufrimiento. Enseña solidaridad, la capacidad de “sentir con” los demás. E, igual que la mitología, una novela importante es transformadora. Si lo permitimos puede cambiarnos para siempre».
Y concluye:
«Si está escrita y si se lee con seriedad y atención, la novela, como el mito o como cualquier otra gran obra de arte, puede convertirse en una iniciación que nos ayude a realizar el doloroso rito de tránsito de una fase de la vida o un estado mental a otro. La novela, como el mito, nos enseña a ver el mundo de un modo diferente (…) Si los líderes religiosos profesionales no pueden enseñarnos la tradición de los mitos, quizá los pintores y los escritores puedan desempeñar ese papel sacerdotal y aportar sabiduría no se desorientado y dañado mundo».
¡Qué forma tan estimulante de concluir un libro! Si a esos dos tipos de artistas, en cuyas manos deposita la responsabilidad de rehabilitar el mito, hubiera añadido a los cineastas, quedaría completo el elenco de los chamanes a quienes seguir en nuestros días, y a cuyos designios yo me encomendaría sin dudarlo un instante.
