EL SECRETO DESEO DE SER UN PERSONAJE

Me gusta comprobar que puedo llegar a ser un personaje. Es decir, que soy capaz de escribir cuando lo deseo, o cuando me sobreviene el impulso de buscar la plasmación escrita de algo que pienso, siento o intuyo. Vivir para escribir es una agradable forma de construirse, porque con toda seguridad eso supone también que se escribe para vivir.
Ahora, toda una tarde de sábado primaveral se me ofrece por delante, bien que de primavera sólo tenga el mes y el alborozo ambiguo que albergo en mi interior. El cómo invertir unas horas que la vida me regala gratuitamente, es el único problema que en este instante puede enturbiar mi mirada clara y convencida. Las posibilidades son muy variadas, y todas ellas tienen en común la fascinación que ejercen sobre mí, la inexplicable magia que implican para poder generar a su vez otra magia de no menor intensidad. ¿Acaso no es mágico que lo que personas que vivieron hace siglos o años puedan susurrarme lo que decían o pensaban en alguna parte de sus vidas? ¿Acaso no es maravilloso que ese pensamiento se haya podido plasmar en unos signos que pueden transcribir ese pensamiento de una forma aproximada y que pueden ser descodificados y aprehendidos y entendidos? ¿Por ventura no resulta increíble que la disposición de una porción longitudinal de partículas magnéticas permitan la recreación ilusoria de una realidad captada hace tantísimo tiempo y observar rostros, hechos, paisajes de nuevo? ¿No es una perspectiva alucinante poder combinar un conjunto de líquidos, con determinadas sustancias argénteas, con papel y hacer surgir de la nada momentos congelados, tiempo pasado y detenido? ¿Y que apretando un par de teclas los sonidos más deliciosos o las voces más poderosas o dulces se erijan en los dueños de mi persona, mi vida y mis sensaciones? ¿No es fascinante? Y, por último, ¿no son apabullantes las posibilidades combinatorias que cada uno de esos procedimientos me plantea, los mundos infinitos que podría explorar? ¿Y que, sobre todo, esa vastedad inabarcable dependa tan sólo de mi absoluta voluntad, de mi soberana determinación?
¿No es cierto, por tanto, que vivo en un mundo maravilloso, quizá el más posible de entre los posibles?
Del diario inédito Migas para el bosque, entrada de 16 de mayo de 1998

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