REENCUENTRO CON MI YO DE HACE 34 AÑOS, EN SIENA

En abril de 1991, en mi primer año de docencia -todavía en León-, realicé un viaje a Florencia con la revista Campus, a la que aún pertenecía de forma honorífica. Antes de llegar a la mítica capital de la Toscana, pasamos por Siena, donde estuvimos menos de una jornada. Pero aquellas horas resultarían memorables.

Tras unas horas en Pisa el día anterior, que no nos supo a mucho en el plan que íbamos, pudimos recorrer Siena con algo más de calma, y disfrutar de su maravilloso callejero, de su famosa plaza y de su fantástico duomo. Precisamente en la plaza (la Piazza del Campo), disfruté de un rato extraordinario, sentado en el suelo de ladrillo sogueado, el mismo que se puede contemplar en la foto. Allí, pertrechado de mis trebejos fotográficos, me dediqué a hacer robados a las personas que por allí se encontraban, que daban mucho juego por su desinhibición en lugar tan público. A pocos metros, mi amigo Peio hacía lo propio con su equipo; y hasta nos sacamos fotos mutuamente en tal actitud, en una complicidad que entre él y yo era muy común. Puedo decir -aunque cueste entenderlo- que fue uno de los momentos fotográficos de mayor plenitud de mi vida.

Después, vendría el impacto visual y emocional del Duomo, una de las catedrales más hermosas que se puedan contemplar, y donde el asombro no se acaba nunca, se mire donde se mire. Allí alguien, cuyo nombre no diré, pronunció aquella frase dirigida a mí que quedaría para la Historia: “Arrodíllate y cree, impío, pues si ante tamaña belleza no te conviertes, no lo harás nunca”. Reímos la ocurrencia, que provenía de uno tan ateo como yo, y nos dispusimos luego a disfrutar una de esas comidas de juventud y camaradería que pervivirán siempre en la memoria. Fue un día redondo, he de concluir.

Treinta y cuatro años después (que ya me valió la tontería, máxime siendo profesor de Historia y de Arte), regresé a Siena, como parte de un extraordinario viaje a la Toscana, realizado en autocaravana y no en autobús, como entonces. Y jubilado, a mayores. Y con mi pareja. Circunstancias todas ellas, muy distintas. Pero Siena sigue siendo Siena. Y cuando, tras los rodeos dilatorios correspondientes, entramos en la Piazza del Campo, me emocioné. Y lloré, incluso. Y me senté en el mismo lugar donde entonces me había dedicado a prospectar con mi zoom a la gente que pululaba por allí. Y ahí es donde pedí la foto que ilustra este texto, que está en color, fue realizada con un móvil y por alguien que no tenía vinculación alguna con aquel momento. Pero la foto me encantó.

Recordé mucho. Todo aquel viaje de 1991 estuvo muy presente esa primera jornada sienesa (de las dos que le dedicamos a esta maravillosa ciudad). Y me surgió la necesidad de compartir algo de aquella felicidad reencontrada con alguien que pudiera entender lo que sentía porque hubiera estado en aquella jornada de entonces. De los seis, sólo mantengo contacto, y muy esporádico e irregular, con dos. Pero me decidí a mandarle un mensaje al autor de la mítica frase. Dicho texto decía así: «Emocionado, casi hasta la lágrima, es imposible pasear por Siena sin recordar aquel día; sin recordaros; sin recordarte, impío, que me mandaste arrodillar en el Duomo y convertirme, de paso, anonadado como estabas ante tanta belleza. Desde aquí, solo puedo mandarte un abrazo bien sentido.»

Desde luego, tratándose de quien se trataba, no esperaba una respuesta almibarada, emocionada ni cursi. Pero tampoco preví que su única respuesta fuera ésta: «¡Qué bien vives, mariconzón!». Me quedé cuajado, dijera mi madre, y sin posibilidad de decir nada, abrumado por el despropósito (aunque no por el apelativo, habitual entre nosotros), emocionalmente noqueado. Luego, ya en frío, tampoco contesté ni dije nada más. Hay cosas que no admiten componenda, y nosotros ya nos hemos dicho todo lo que podíamos decirnos; y no hay más que añadir, porque no merece la pena.

Sin embargo, queda la felicidad del encuentro presente, que no es mejor ni peor que aquélla, sino diferente, disfrutando de circunstancias y de aspectos que entonces se me escapaban, y que ahora aprecio en buena medida. Del mismo modo que algunas cosas de lo que apreciaba entonces, ahora se me quedan cortas, han pasado a otro plano de prioridad, o simplemente se evaporaron como tanto en la vida de cada uno.

Queda, también, la imagen de mi yo actual, de mi yo de pelo cano, jubilado feliz, viajero impenitente, amante de la belleza bajo cualquier formato y parlador infatigable. Esta que aquí os muestro, que la persona que más me quiere logró realizar con su móvil -objeto omnipresente- para inmortalizar ese momento, que homenajeaba aquel otro momento. Ella no tenía vinculación alguna con aquel entonces. Pero la foto me encantó.

4 Comentarios

  • Emma
    Posted 31 de octubre de 2025 11:33 0Likes

    Te haré un comentario completo cuando hablemos por teléfono.
    Por aquí, solo decirte que me emocioné al leer tu crónica.
    Puedo ponerme en tu lugar al volver, más de media vida después, al lugar que ya te emocionó entonces, y verlo con los ojos de la sabiduría y la experiencia que dan los años.
    Sinceramente, sólo puedo envidiarte.

    • Eduardo Arias Rábanos
      Posted 1 de noviembre de 2025 10:57 0Likes

      Me gusta haberte transmitido algo de la emoción que yo mismo sentí. Y como sé que me envidias sanamente, te dejo. A cambio, te daré cumplida cuenta del viaje. Besosssssss

  • Sasy
    Posted 31 de octubre de 2025 14:21 0Likes

    Pero que bonito eres hijoooo!!!
    Tienes un efecto en mí que me encanta y me asombra a la vez.
    Es verte y sonreír.
    Mil besos Maestro!!

    • Eduardo Arias Rábanos
      Posted 1 de noviembre de 2025 10:58 1Likes

      Pues es como tus palabras. Es leerte, y recordar con alegría y nostalgia sana; y agradecer, claro. Siempre. Besos y abrazos pa’jartar

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