APOSTILLAS A LA RELECTURA DE “EL NOMBRE DE LA ROSA”

El nombre de la rosa o el invierno de la Edad Media | La mano del ...Releo poco, he de admitir. Hace años leí que volver a leer obras era una señal de madurez (o de vejez, no recuerdo bien), pero se conoce que no me apliqué el cuento. Aun así, a cada tanto, cae alguna. Pero a mis años y en mi condición de jubilado reciente, confieso que releer, lo que se dice releer, releo poco. No sé si eso querrá decir algo de mi madurez o de mi curiosidad por todo cuanto aún no he leído (ni, ¡ay!, podré leer).

Aclarado esto, también he de confesar que llevaba cierto tiempo sintiendo la necesidad de volver a sumergirme en esa fascinante novela. No entendía las razones, pero de vez en cuando, una comezón me asaltaba y me abocaba a tomar el volumen de la zona donde atesoro lo mejor de mi biblioteca; aunque siempre acababa devolviéndolo a su lugar alfabético, entre El amante, de Marguerite Duras y Momo, de Michael Ende. Hace una semana, en cambio, cuando me levanté, temprano, y sin tareas que realizar que fragmentaran el proyecto, supe que era el momento. Tres días después, daba por finalizada la gozosa relectura.

Releer un libro que nos atrapó en su momento tiene muchos riesgos, porque quien lee ahora no es quien leyó antaño. Pero aun así, incurrimos por dicha senda, porque los que no somos aventureros que circundan el globo o transitan el Amazonas, vivimos al límite haciendo inconveniencias de este tipo. Y ya me tiene pasado atesorar una frustración más al haber vuelto a leer algo que me encantó en su momento, y me dejó indiferente en la actualidad. Tengo pensado y escrito sobre ello. No me angustia, si bien me deja un poso de curiosidad que nunca se satisface del todo. Pero para que no cunda más suspense, diré que la experiencia esta vez fue gratísima. Luego me extenderé sobre ella.

Conviene aclarar, no obstante, que este libro y yo construimos una historia personal y curiosa desde los inicios. Publicada en 1980, el mismo año que yo comenzaba mi carrera en León, no caí en su importancia hasta el 1983, ya estudiando yo en Madrid. Pero aquellos eran tiempos duros de soledad no deseada, muy poco dinero para lo que no fuera lo imprescindible, y demasiado estudio para conseguir rentabilizar en notas la confianza que el Estado (con su beca) y mis padres (con grandes sacrificios) habían depositado en mí. La popularidad de una novela que mezclaba una trama detectivesca diabólica, con una situación histórica de crisis, con unos debates teológicos y políticos de tremenda altura, alcanzaron muy rápidamente cotas impensadas, incluso para el autor, que al principio se vio muy sorprendido por el éxito de su empresa. Yo necesitaba leer ese libro como fuera; sin embargo, no me lo podía permitir. Hube de improvisar.

Uno de los matriculados universitarios con los que compartía el hostalito donde viví mi etapa universitaria madrileña lo tenía. Y si se lo hubiera pedido, me lo habría prestado. Pero yo no quería sólo leerlo. Ansiaba poseerlo. Y a ello ayudó mucho escuchar en alguna de las comidas que compartíamos en aquel comedor subterráneo, su opinión sobre la novela (que no terminó, harto de frases en latín), sobre Eco (a quien tildó de listillo y de pedante), y sobre la novela histórica (coñazo sumo, a su entender). Omito los detalles, por burdos. Pero el caso es que decidí que aquel imbécil no era merecedor de aquel libro, por lo que decidí robárselo. Lo cual hice sin remordimiento de ningún tipo. Sólo era un matriculado, ya digo (lo de estudiante le vino grande siempre), cuya principal interés era que llegara el jueves para empalmar las diferentes fiestas hasta el domingo, que descansaba de sus ajetreos; con sólo recordar su apodo: el “Cebollo”, queda todo dicho. Decidí que no merecía, por tanto, poseer aquella joya, y un día que fue propicio para el asunto, se lo birlé. Lo guardé en el fondo de mi maleta, y para León que se fue en el siguiente viaje, que creo que fue Semana Santa, donde di buena cuenta del botín. Con el tiempo, aquella primera edición de Lumen de tapa blanda, daría paso a la de tapa dura que siempre compro para los libros que forman mi canon personal y mi biblioteca suma. Es justo la que ahora releí, que aún permanecía virgen.

Años después vendría la película homónima de Jean-Jacques Annaud, que me revolvió por completo. Por haberse tomado libertades muy cinematográficas que me sentaron mal de primera mano. Pero también por haber hecho una recreación de tal calibre, que no hubo año en que algunas de sus escenas no pulularan por mis clases de 2º de la ESO, donde se explica la Edad Media. Y ahora, después de haber vuelto a ver al menos media docena de veces la versión cinematográfica del francés, y de asociar cada personaje a un rostro más que reconocible en mi imaginario interpretativo, me decidí a releer la novela por primera vez. Acaso no sea la última, aunque la siguiente lo será sólo de fragmentos muy especiales, seguramente.

De primera mano, he de decir que la experiencia ha vuelto a ser gozosa. Que pese a tener conocimiento de todo cuanto va a suceder, la trama no me defrauda en ningún momento, y la alternancia entre la parte intelectual e histórica (que entiendo no guste a cierta gente sólo aficionada a la literatura policial), me siguieron pareciendo muy temperadas y uno de los principales logros por los que se ha sostenido hasta hoy para convertir esta novela en un clásico de finales del siglo XX. Que, sin embargo, las imágenes de la película y su poderosísima iconografía se han inmiscuido demasiadas veces en el transcurso de la lectura. Que el personaje de Guillermo de Baskerville me ha parecido más humano y menos “genial”, que el interpretado por Sean Connery. Que el empleo de la primera persona presenta alguna fisura que debió darle quebraderos de cabeza al autor, para encajar ciertos datos de que dispone Adso de Melk, el narrador-protagonista, y hacerlos verosímiles. Que si comparamos con tiempos posteriores, comprenderemos que el ser humano es siempre el mismo, que comete los mismos errores. Que lamenté que esta edición, pese a ser muy presentable, no ofreciera notas ni traducción alguna de las muchas frases latinas que pueblan la obra. Que algunas escenas resultarán memorables siempre para cualquiera que lea el libro y lo termine, aun no habiendo visto la película (cómo olvidar la descripción que hace Adso del apocalipsis del tímpano de la iglesia, y el pavor que le provocó; la conversación final de Guillermo de Baskerville con Jorge de Burgos, ya en el laberinto; o la desesperación del propio Guillermo por no alcanzar a salvar más que unos pocos títulos de tantos tesoros como arderán en la Biblioteca). Y también que es uno de los títulos de novela menos referenciales que pueden recordarse. Y uno de los más tontos, también.

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