EL PANTOCRÁTOR BIZANTINO-NORMANDO DE CEFALÚ

Lo de los normandos (o vikingos, que tanto da) es algo que cuesta asimilar del todo, si no fuera porque la historia nos ha dejado muchos testimonios de su terrorífica presencia y, cuando se asentaron, también de su estancia en determinados territorios. Uno de esos lugares donde acabaron asentándose, tras dejar sus correrías europeas, es el sur de Italia y, sobre todo, Sicilia. Aquí llegaron a crear un reino que duró más de cien años. Los vikingos (o normandos, que es lo mismo), ya digo. Sí, los mismos que se dedicaban en verano -cuando el Báltico se deshelaba- al saqueo y pillaje de las costas de Europa occidental.

Pero cuando se ve lo que llegaron a construir en la isla de Sicilia tanto en Palermo o Monreale, como en Cefalú, uno se hace muchas preguntas, que no es éste el lugar donde elucidarlas. En cambio, el asombro sí puede sustituir la pereza de tratar de explicar cómo un pueblo marinero, pirata, guerrero, de limitada cultura material y espiritual, llega, al contacto con la Italia meridional, a producir obras de arte de sobrecogedora belleza.

Contémplese, si no, este ábside de la catedral de Cefalú. Si nadie nos dijera nada, apuntaríamos de mano a una autoría bizantina. Y, en efecto, ésa es su influencia. Pero, ¿y la maestría en los mosaicos que lo recubren de arriba a abajo? ¿Y el refulgente tono dorado que lo impregna todo? ¿Y ese pantocrátor omnipresente, vigilándolo todo, bendiciéndonos con los tres dedos de la Trinidad, anunciándonos la verdad del Libro? Su perfecto rostro sereno, comprensivo, sin agresividad apocalíptica, ¿no nos impulsa a plantearle de inmediato preguntas de calado religioso o metafísico?

Es lo mejor de toda la catedral, y su justificada fama hace recorrer a los turistas muchos kilómetros para acercarse a contemplar sus proporcionadas líneas, sus tonalidades próximas a la pintura, su espiritualidad tendente a lo eterno. Yo viajé hasta allí desde la lejana Catania. A punto estuve de pensar que no me había compensado el esfuerzo, pero el recuerdo de esta mirada me convence de lo contrario.

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