Las navidades de 1999, el año que me conecté a Internet (v. Hitos, 55), mi padre me trajo al salón en una sobremesa algo que, según dijo, le habían dado en el banco. Se trataba de un artilugio poco habitual entonces, un teléfono portátil Nokia, de los que llevaban antena fija. Me dijo que como no lo necesitaba para nada, si lo quería yo, me lo regalaba. Tras examinarlo, dije que tampoco me interesaba, y mi hermano igual. Pero éste apuntó que, ya que yo viajaba bastante, me podría venir bien en caso de tener que precisar ayuda, grúa, etc. Validé la acotación, y que mal no me haría tenerlo, entonces. Y, ciertamente, lo usé poco, pero fui el primero de la familia en disponer de uno.
En mayo de 2003 ya me compré el primero de la lista, un Sony-Ericsson. En febrero de 2009, dispuse del tercero de mi lista, un Nokia N95 rojo, precioso. Me lo endosaron gratuitamente (ejem) gracias a no sé qué tarifa que contraté. En septiembre de 2010, por el mismo procedimiento me adjudiqué un N97 Mini, blanco, con teclado completo, extensible. En abril de 2013 me doy el primer gran capricho de la era de la telefonía en el bolsillo: un Samsung Galaxy III, que ya costaba un dinero. Sólo dos años después, en 2015, me paso definitivamente a las huestes de Apple y me compro mi primer iPhone, el 6 Plus, cuyo precio ya me parecía escandaloso. Pero aun así, hube de comprarme el mismo (un poco superior, 6 Plus S) un par de años después, en julio de 2017, dado que el anterior acabó muerto por caérseme del bolsillo del pantalón al retrete. No contento con ello, me compro en 2018 otro nuevo, el 8 Plus, con el que estaré ¡seis años! Hasta que en noviembre de 2023, tras mi jubilación, me regalo por una cantidad insultante el 15 Pro Max, la última joya de la corona. Nueve, en total. Para 25 años, no sé si son muchos o pocos.
Contra lo que podría parecer, yo entré con mucha lentitud en el mundo de lo que ahora llamamos impropiamente “móvil” (al principio, me negaba a llamarle así, alegando que aquel aparato no se movía sino que se transportaba, por lo que era “portátil”; pero la palabra ya estaba asignada al ordenador, así que no me quedó otra que tragar). De mis 25 años de “móvil”, tardé 14 en disponer de un aparato que empezaba a hacer bien algo que a mí me podía seducir: fotografías con un mínimo de calidad, no algo testimonial, y su uso al principio fue puramente funcional: llamadas, mensajes de texto; y 18 en tener disponibilidad de internet en el terminal. Eso sí, a partir de 2017, ya fui un usuario normalizado, y relativamente activo, si bien algo particular; aunque seguro que eso pensamos todos.
Desde el momento en que pude hacer fotografías decentes con él, se incorporó a mis fuentes de memoria; es decir, que las fotos que hacía pasaban a formar parte de mi transcurrir vital, como sucedía con las que hacía con mis cámaras. Pero ahora uno lo llevaba encima todo el tiempo, y se podía documentar cualquier cosa, incluso en formato vídeo. Pero además de eso, el pelotazo que me lo institucionalizó definitivamente fue el hecho de poderlo usar en clase como enciclopedia o diccionario al que recurrir en cualquier momento para aclarar cualquier dato que se dijera en el aula. Eso era como tener todas las enciclopedias del mundo en el bolsillo. Para mí fue algo maravilloso, revelador, que transformó en alguna medida mi actitud en el aula. También en la vida cotidiana, por supuesto, aunque con menos impacto.
Con el tiempo, me fui dando cuenta de que el “móvil” me ayudaba en la comunicación con las personas, vía SMS al principio, vía Whatsapp, vía mensajes de voz, que transmitían información y permitían el contacto social, pero evitaban estar con alguien al teléfono más rato del previsto. Lo cual me encantó.
Con los años, me fui percatando de que gracias a que disponía de juegos (en los comienzos, sólo el Solitario, pero luego sobre todo el Scrabble y el ajedrez en diversas escalas), los tiempos de espera en el autobús, el dentista, organismos oficiales, citas, etc. se diluían como por ensalmo, y hacía muy llevaderos esos desencuentros con el reloj, una de mis obsesiones de siempre. Lo cual me siguió encantando.
Más adelante, las diferentes funciones que estos diabólicos y maravillosos aparatos incorporaron, lograron que yo incurriera en una dependencia similar a la de la mayoría de la población. Daba igual que fuera por otras razones, o por las mismas. Me convertí en una persona que era capaz de desandar 12 km de recorrido de carretera para volver a casa, porque me había dejado el “móvil”. En este plano nos estamos moviendo. De haberlo despreciado cuando mi padre me lo ofrecía, a tenerlo siempre (¡siempre!) encima (incluso en el pantalón de casa), para que según ando, “me cuente pasos diarios”, y llevarlo a todos lados conmigo, baño incluido, y ser lo último que mis ojos ven cuando me acuesto: ¡que ya nos vale la bobada!
Y es que crecer con una tecnología que avanza a unas velocidades de espanto, lo hace a uno asustarse mucho. Pero a la vez fascinarse por las posibilidades que ofrece como ventajas. Véase, si no, la prueba definitiva. Mi aparato actual dispone de una de las cámaras más impresionantes del mercado. Dispone de dos veces más megapíxeles que mi Nikon D500 y pesa 7 veces menos y va ¡siempre! conmigo! La utopía que nos comentaban en aquellos cursos donde aprendíamos fotografía (la mejor cámara no es la más cara, sino la que tengas en ese momento), hecha realidad por fin. Ahora, disponemos de cámara en todo momento. Si no haces buenas fotos, es porque no te interesa o por incapacidad particular, no porque no se pueda. Y como mi espalda crujía cada vez más con el aparataje asociado al equipo réflex, comencé a usar el móvil cada vez con mayor frecuencia, y la cámara menos. Y así, hasta hoy. En mi reciente viaje a Uruguay, sabía que no la iba a llevar por cuestión de peso. Pero no la eché de menos en ningún momento, salvo en una ocasión, cuando quise fotografiar unas gaviotas en vuelo. Por lo que ya sé yo cuál va a ser el camino siguiente. Y quien lea esto también lo intuirá.
Dicho esto, debo asumir que el aparato que más nos ha cambiado la vida en los últimos 15 años a los humanos, también me la ha cambiado a mí. En muchas cosas, a mejor, sin duda ninguna. En otras, seguro, a peor. Pero como de momento seguimos embobados con las primeras, de las segundas nos ocuparemos a su debido tiempo. Y sin prisa, porque por fortuna no detecto adicción alguna que requiriese internamiento o terapia profunda. O eso creo. O eso intento hacer creer.

3 Comentarios
Emma
Tengo guardados, en mi memoria, tus comentarios, jocosos, sobre mi ingreso en “la secta” de Apple, allá por 2012, cuando me regalé, por mi cumple, el novisimo iPad3 y luego, por el verano, el iPhone4. ¿Quién nos iba a decir que te convertirías en un miembro entusiasta, llegando, incluso al proselitismo? Como cuando nos fuimos a El Corte Inglés a comprar el iPad Pro, porque mi iPad3 se había vuelto obsoleto. Ante mis (pequeñas y mal disimuladas dudas) me hiciste la pregunta de rigor: “¿Emmina, tú qué te mereces?” A la que respondí, como me habías enseñado tiempo atrás: “Lo mejor”. Aunque los dos sabíamos que no iba a salir del gran almacén sin él.
Desde que hacia “las cuentas” en una pizarrita hasta hoy, la tecnología ha avanzado hasta superar las previsiones de los grandes maestros de la ciencia-ficción.
Lo mejor de todo es que hemos podido verlo, usarlo y disfrutarlo. En las esperas, en los viajes y en casa. ¿Qué si soy adicta? Sí. Y qué.
Eduardo Arias Rábanos
No recordaba lo primero (aunque me encaja), pero sí tengo muy vívida la experiencia que apuntas en segundo lugar. Y el posterior café frente a la playa en Salinas. Buenas imágnes memorables ¡Qué menos! Insistimos en que nadie mejor que uno para decidir que mimarse lo más posible es una señal de buena salud mental. Si de ello se deriva una adicción, no pasa nada, si revierte en el bienestar del interesado (o interesada). Como así es el caso, bienvenidas sean las nuevas tecnologías. Si tuviéramos menos años, no estaría yo tan seguro. Gracias por el comentario y la sugerencia de recuerdo, linda