Escher sabía dibujar extraordinariamente bien. Pero concluir una figura le aburría siempre. Pero un día, por azar, comprobó que el entrante del cuerpo de un ave podía albergar otro cuerpo distinto, no necesariamente de la misma especie. Probó a solapar forma y hueco. Encajaron bien. Probó a crear más, de similar factura. El ensamblaje resultó maravilloso. Sintió que su mente volaba y que podía pensar en lo que de verdad le interesó siempre, en paraísos del Pacífico Sur, al modo de Gauguin, su referencia secreta. Su mente pudo volar al fin, mientras sus manos repetían moldes donde cocinar sorpresas que el mundo agradece desde entonces. Pudo también concluir sus obras sin que el aburrimiento lo estrangulara. El final de una podía ser el comienzo de otra, aunque a él eso le importara poco. Escher pudo al fin pensar con libertad. Lo de los dibujos repetitivos y de perspectiva imposible sólo fueron el medio, la excusa, el alimento. El mundo, como es natural, no entendió nada, y sigue festejando al dibujante como uno de los grandes genios que el Arte nos regala de cuando en vez.
En el libro inédito Micrólogos
