EL SILENCIO, ANTESALA DE LA MESURA

Qué profundo se oye el silencio después de dos días llenos de letras y palabras leídas y escritas. Todo acaba confluyendo al fin por entre las lámparas, el sosiego y la penumbra, en un batir de sones sordos y ciegos que no perciben sino su propio rumor interior haciendo caso omiso a todo lo que no refleje la esencia y la existencia de uno mismo. Porque el silencio y las palabras son, como no podría ser menos, realidades subjetivas. El silencio puede percibirse, sobrecogedor y descomunal, en medio de un concierto de Brahms o del rock más agresivo y alienante. Por contra, la música o los sonidos más excelentes pueden enlazarse en la mente de quien sólo se rodea de la nada silenciosa, del sosiego absoluto. Entre los ruidos, cabe el silencio. Entre el silencio completo se puede entremeter la belleza sonora más exquisita. Y puede que, si lo acogemos con naturalidad en nuestras vidas, alcancemos discreción y mesura, porque, como apuntara Gracián, el silencio es el santuario de la prudencia.

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