DE LA RIQUEZA EXTREMA Y DE LA NECESIDAD IMPRESCINDIBLE DE SU REDISTRIBUCIÓN

Una entrevista en el XL Semanal de abril de este año me ha hecho conocer a una persona singular: una multimillonaria que brega por conseguir que los de su “clase” contribuyan de un modo mucho más proporcional a las arcas de los estados, y redistribuyan en mayor medida su riqueza entre toda la población, de la que en última instancia han obtenido sus beneficios. Se llama Marlene Engelhorn, es austríaca, tiene 31 años y una inmensa fortuna por haber resultado heredera de una de las propietarias de la multinacional alemana BASF. Está de actualidad, además, por haber enviado en enero una carta a 250 grandes millonarios del mundo reunidos en Davos donde les participaba su intención y les animaba a seguirla en su proyecto de pagar muchos más impuestos. Para mostrar la coherencia de sus planteamientos, ha donado 25 millones de euros al estado austríaco, y creado un Buen Consejo para la Redistribución, formado por 50 ciudadanos austríacos elegidos al azar, que decidirán sobre estas cuestiones. Ya sólo con estos datos, conviene frotarse los ojos para comprobar si hemos leído bien. Y, sí, leímos bien.

En la entrevista, esta joven mujer no se arredra ante los dos periodistas, y llega a ser híspida y desagradable cuando insiste en que no desea hablar sobre su vida privada, y que está conversando para publicitar su proyecto, y sólo para ello. Lo que cuenta no es para caer bien. Argumenta, analiza, explica, discute, anticipa. No voy a entrar en el avispero de si hace bien o hace mal, de si su planteamiento es viable o no, de si su idealismo excede el marco de una actualidad hiperrealista. Me llama la atención la idea de contrastar la riqueza extrema con el acto de vivir. Me llama la atención su relación con el dinero y su concepción de la riqueza. Me la pone en comparación con la mía, y me paro a pensar en los multimillonarios que por el mundo pululan. Algunos, los más, son discretos y sólo conocemos de ellos de cuando en vez datos que las revistas especializadas publican sobre ellos, con la intención de llamar la atención o escandalizar al personal. Otros, los menos, son chillones, narcisistas, y hacen de la exhibición de sus posesiones y sus posibilidades un objetivo vital. Jamás se muestran por entero, porque nadie que posea esa cantidad tan insultante de dinero (sea en activos, sean en capital inmovilizado) puede hacer exhibición de todo lo que podría hacer o gastar. Pero yo vuelvo a la pregunta: ¿qué siente alguien que tiene una cantidad de dinero tan exorbitante que sabe que aun proponiéndoselo no puede llegar a consumir? No digo arruinarse, porque eso es muy sencillo, si de verdad se desea transitar esa vía. Digo gastar, aprovechar, disfrutar todos esos millones. Por mucho que se lo planteen, no quieren, no saben o no pueden. Yo no descarto ninguna de las tres opciones.

Deberemos convenir que los niveles de satisfacción material son limitados. Y en cualquier escala. La primera, es la de la supervivencia. Superada ésta, se pasa a la de una vida convencional, sin muchos apuros y sin apenas excesos. Si disponemos de más ingresos, entramos en la del confort, donde ya podemos elegir qué privilegios podemos darnos sin tener en cuenta las cifras del banco. De ahí pasaríamos a la del confort extremo e inicios de la riqueza. Y, por último, nos encontraríamos con quienes disponen de más dinero o capital del que pueden gastar, desde quien dispone de unos pocos millones hasta fortunas mareantes de varias decenas de miles de millones de dólares. Es ahí donde yo quiero incidir.

¿Por qué y para qué se insiste en tener más? Ésa es la pregunta. La lógica del capitalismo, suele ser la respuesta. También se aduce la propia naturaleza humana, insatisfecha siempre a pesar de los logros obtenidos, que ansía superar de continuo sus propias marcas. Pero ¿para qué? ¿Con qué objeto? Sea uno quien sea, llega un momento en que no puede ansiar más cuyo logro otorgue una consecuencia placentera. Llega a un punto en que comprar más, tener más, exhibir más, coleccionar más, etcétera, ya no proporciona más placer genuino. Entonces, insisto: ¿para qué? No podrá ser satisfactoria ninguna respuesta que no tenga en cuenta a los demás seres humanos (de cuya explotación procede la mayor parte de esa riqueza). Tal vez muchos se crean su propia respuesta y busquen una salida individualista que les parece coherente. Pero será una falacia. Máxime sabiendo, como lo sabemos todos, que se va uno a morir, y por mucho dinero que se posea, en el momento del óbito, uno deja de poseerlo, sin que su posesión le haya librado a uno de la desaparición. Luego, entonces, la salida tiene que darse mucho antes.

¿Qué impide a todos esos hipermegamultimillonarios hacer grandes donaciones hacia los diferentes sectores de su elección? Las posibilidades serían amplias: arte, cultura, deporte, ciencia, filantropía, servicios sociales, etc. Debe entenderse que dichas donaciones no alterarían lo más mínimo la sensación de ultrapoder económico de que cada uno de ellos dispone, por supuesto. Hablamos de personas como Bernard Arnault, Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates o Larry Ellison, que superan todos ellos los 100.000 millones de dólares (el primero, supera incluso los 200.000). Y hablamos de donaciones significativas, a las que poder dar una publicidad al más alto nivel, si se deseara. En el caso de la fortuna más abultada, de 230.000 millones de dólares, un 10 %, supondría 23.000 millones. ¿Alguien imagina lo que se podría hacer con esa cantidad? ¿Alguien sería capaz de asegurar que la fortuna de este señor francés se vería alterada lo más mínimo? ¿Algún gobierno ha planteado realmente estas preguntas a estos señores y lo ha hecho con la suficiente inteligencia como para que no pareciera una añagaza impositiva?

Ésas son las preguntas prácticas a las que deberían responder no sólo los poseedores de esas grandes fortunas, sino las instancias más altas que permiten su engorde año a año. Mientras los más ricos sigan siendo cada vez más ricos y menor su proporción con respecto al total de la población mundial (aunque crezca su número absoluto), el mundo transitará una senda sin retorno que terminará en algún tipo de catástrofe.

Comenzaba este artículo mencionando a una señora que había heredado 4.200 millones de euros y comentaba mi inicial admiración por haber donado 25 millones al estado austríaco. Pero si se mira bien, dicha cantidad sólo supone el 0,6 % de su fortuna. Tras un somero análisis, ahora su planteamiento me parece irrisorio y algo muy parecido a una operación de imagen que a una forma racional de abordar verdaderamente el problema.

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