No todo el mundo sabe que los radicales libres son moléculas inestables que se crean en el metabolismo normal de las células, y que si se acumulan pueden degenerar en mutaciones cancerígenas y otros estragos. Todo el mundo sabe, sin embargo, lo que es un radical y lo que es una persona libre. Pero no todo el mundo es capaz de hilar ambos conceptos para crear una metáfora de lo que se es, mediante el peligro de lo que podría llegar a ser. Manuel Vicent es capaz de asociar ambos conceptos y demostrarnos que lo que a priori puede ser una carga de veneno puede convertirse en un manjar para nuestras atribuladas mentes y, por contra, lo que aparenta mayor dulzura ser la antesala de un riesgo de muerte lenta, o rápida.
Manuel Vicent, escritor longevo (n. 1936), es un experto artesano de la palabra nacido al lado del mar Mediterráneo del que se nutre, junto con sus lecturas clásicas, para comprender al ser humano desde una perspectiva estoica, epicúrea, escéptica, cínica, neoplatónica, y cuantas otras escuelas se hubieran creado en esa época lúcida de la humanidad que los historiadores denominaron Helenismo. Su dilatada obra me llamó la atención desde que leía sus columnas dominicales del diario El País, en la época de la Transición y la década de los 80. Algunos libros de este hombre ejercen en mí la atracción de quien sabe que va a haber varios momentos felices en el transcurso de su lectura. Sin embargo, no todos ellos lo consiguen de un modo pleno. Sus novelas no me parecen redondas. No creo que esté capacitado para lograr un ensamblaje entre su purísima concepción del lenguaje, y una trama necesariamente perfecta para que el edificio completo no se tambalee. No he logrado leer una novela suya que me produjera el placer de alguna de sus épicas columnas dominicales, por lo que dejé de frecuentarlas. En cambio, cada vez buceo más en las obras donde recopila sus artículos, sus columnas, sus crónicas.
Radical libre es uno de ellos, uno de los últimos, publicado en 2014 por Círculo de tiza. La austeridad de que esta editorial hace gala la hace compatible con la ausencia absoluta de erratas que siempre limitan una obra donde el lenguaje y las ideas, hermosamente aleadas, son los protagonistas absolutos. Fue publicado hace diez años, por tanto, dato que desconocía hasta que ahora me puse a redactar esta reseña. Pero da igual la fecha. Los libros de artículos, columnas, crónicas del orífice castellonense no se aprecian por su actualidad; podrían haber sido publicados hace 50 años, o cuando el calentamiento global haya derretido por completo los glaciares antárticos, y no variar un ápice su interés. Su escritura es atemporal, porque la clave de sus magníficas construcciones es la sorpresa que produce la asociación de ideas que a priori no casarían ni con cianocrilato. Sus columnas -y éste es un libro que recopila unas cuantas de las últimas producidas- no pertenecen a un tiempo concreto, porque su temática es la vida, las sensaciones que vivir nos produce en el día a día, los placeres que pueden ser diminutos o gigantescos, las tragedias que acontecen entreveradas con la filosofía de la buena cocina, la mirada limpia de quien aún reconoce el asombro en casi todo. Aunque no sólo es esto.
La exactitud brutalmente eufónica de sus vocablos puede dejarte tan turulato que te interrumpa el goce de un buen texto, porque el impacto producido por su sonido ha restallado en lo más profundo del cerebro, interrumpiendo la conexión, y es preciso empezar a leer desde el principio. Suerte que las columnas de Manuel Vicent son breves. Suerte también que la relectura de dichos textos nos ofrezcan una nueva oportunidad para el goce sonoro, ideológico, cognitivo, sensorial. Pero tras el restablecimiento del hilo conector con la trama de lo que cuenta, la sensación final es, en muchas de ellas, de un éxtasis completo y de un placer absoluto por haber comprobado, una vez más, que 66 estrechas líneas de periódico a treinta espacios pueden contener el universo y que es preciso detenerse a paladear sus efectos, y no leer muchas de golpe para no sobresaturarse de realidad, de lucidez, de belleza.
Me molesta acabar los libros de artículos, de columnas, de crónicas, de Manuel Vicent. Uno los va apurando de a poquito, de diez o doce páginas cada día, como un remedio que nos destila el idioma y nos procura un cambio de filtros de las palabras, como los que periódicamente realizamos en el taller a nuestro coche. También nos aligera de la locura mediática y de las desvergüenzas a que nos conduce el mundo que nos ha tocado vivir, permitiéndonos una comprensión más certera de cuanto nos rodea. Aun así, cuando el libro inevitablemente se acaba, un mohín extraño me opaca un tanto el rostro. Sólo me dura un par de minutos. Los que tardo en percatarme de que tengo unos cuantos libros suyos más -leídos y sin leer- a mi disposición, y que en pocas semanas, la dieta baja en vocablos hermosos y lecciones vitales certeras me recomendará volver a su prosa barroca y sencilla, universal y particular.
