11 de junio
Hoy me ha dejado. Me lo había anticipado desde hacía poco. Me negué a creerla capaz. Hoy ha hecho realidad su amenaza. No sé qué pensar. No puedo pensar.
12 de julio
Llevo un mes durmiendo muy mal. Algunos días la noche queda en blanco. Leer ya ni me apetece; ni podría consolarme, me parece. Sigo sin entender por qué sucedió todo de ese modo. Cuando pienso, me duele. Físicamente. Y cuando lo intento, debo dejar de hacerlo casi sin haber empezado.
13 de agosto
¿Por qué a las puertas del verano? Ahora estaríamos de viaje, acaso en Grecia, de la que tanto hablábamos. ¿No pudo aguantar más? Pero, en ese supuesto ¿qué era tan insoportable? Nunca me quedó claro. O tal vez yo no me enterase de nada. Sigo sin poder analizar, pensar, entender.
14 de septiembre
No recuerdo un verano más horrible, más estéril. Tres meses que podría haberme ahorrado de vivir. Voy entendiendo alguna cosa. Eso que antes me provocaba burla en las letras de los boleros. Ese dolor, ese desgarro, esa obsesión, esa posibilidad remota -pero deseable- de humillar todo mi ser para lograr su vuelta. Ahora lo entiendo y lo asumo. Pero sigo sin saber por qué se fue.
15 de octubre
Sigo de baja. No me incorporé al trabajo. Lo han hecho posible un médico indolente y un jefe comprensivo, que me conoce desde que era niña, cuando iba con mis padres a comer a su casa. La baja no me ayuda en absoluto. Pero no me siento con fuerzas de reiniciar mi tarea. Y menos algo tan rutinario y lleno de números. Mis días son todos iguales o todos distintos, ya no sé bien, unidos por un dolor que podría describir con precisión -si me lo propusiera; aunque el mero hecho de pensarlo, me echa enseguida para atrás-. Todos los días, enlazados por la única pregunta obsesiva, para la que no hallo respuesta.
16 de noviembre
Hoy quemé todo lo que se dejó aquí. Era bien poco. Cosas de poco valor. Hice una pequeña fogata en la terraza. Me arriesgué a que algún vecino dijera algo, pero nadie importunó la tarea. Tampoco hubo tanto humo. Cosas de poco valor, aunque yo valorara todo muchísimo. Alguna prenda, algunos objetos de aseo. Antes de arrojarlas al bidón de lata, fui oliendo una a una cada cosa. Ya casi no olían a ella. Debí absorber todos los aromas, de tanto hacerlo todos los días. Y ya eran objetos inertes, muertos, sin nada de ella, salvo su recuerdo. Yo también estoy un poco muerta. Algunos días diría que incluso estoy completamente muerta. Sin embargo, cuando coloco mi dedo índice en el sensor del móvil, el aparato me dice que mi corazón sigue latiendo. No entiendo cómo ni por qué razón, como no sea la inercia de la biología.
17 de diciembre
No sé ya ni qué apuntar en esta libreta. Lo hago una vez al mes, pero no le hallo el sentido. Como ver algunas películas que eran esenciales para mí. He vuelto a ver alguna, y al terminar me he quedado exactamente igual que al inicio. Como si no hubieran pasado los minutos. Como si no la hubiera visto de nuevo. Pienso entonces que las obras que leemos, que los cuadros que contemplamos, que las películas que vemos, tendrán una carga objetiva, sí. Pero que somos nosotros los que le añadimos toda la carga subjetiva, cerebral o pasional, que acaba dotándolos de sentido. Si nosotros no añadimos nada, ¿en qué queda cada novela, cada cuadro, cada película? En poco, o en nada. Poco o nada. Lo que ahora soy yo, justamente.
18 de enero
Reparo en que hace días que terminaron las navidades, con sus bullicios e hipocresías sociales y familiares. Este año ni me enteré. No hubo nada especial. No llamé a nadie. No contesté a nadie. Seguro que preocupé a más de una persona. Pero tampoco tengo tantas. Hace unos días me sorprendí con un pensamiento macabro: me alegré de la muerte temprana de mis padres. Así no tuve que fingir nada durante las fiestas. Así pude quedarme sola todo este tiempo. Así pude revolcarme con mis sentimientos. No me vale para nada. Es completamente estéril esta actitud. Pero no me veo con fuerzas de adoptar otra. Esto es incuestionable. Y eso es lo grave del asunto.
19 de febrero
En la anterior entrada, estaba tan centrada en las navidades, que dejé de apuntar que ya había pasado medio año. Y que seguía en el mismo punto. Tal vez porque no tomo la medicación que me prescribieron. Tal vez debiera probar si la química logra lo que el entendimiento no resuelve. Claro que si los sentimientos están ahí ocupándolo todo, el pensamiento puede poco, como he comprobado todos estos meses. Medio año ya. Y ni una noticia, ni directa ni indirecta. Claro que, bien pensado, ¿para qué? Aunque, si soy del todo sincera, mataría por saber dónde está y poder llamarla. Y que me contestara.
20 de marzo
A principios de este mes, toqué fondo. Me da vergüenza incluso escribirlo. Había logrado salir a dar un paseo, y terminé en la estación de ferrocarril, que acababan de remodelar. Mientras veía uno tras otro, los convoyes, sin apenas prestarles atención, en un momento dado, la figura de Anna Karénina me poseyó por completo. Me entró tal miedo, que hube de marchar de allí con urgencia, pues no se me quitaba de la cabeza. Si había llegado a ese punto, mi vida corría peligro. Ese mismo día tomé la primera pastilla. En estos días, no ha pasado nada diferente. Me cuesta levantarme lo mismo. Me da la impresión de que sólo sobrevivo. Pero admito que el dolor ya no es físico. Es más… mental.
21 de abril
La atonía puede ser considerada un avance. Seguro que mi médico suscribiría esa afirmación. Ahora ya no me duele nada en el cuerpo. Y poco, la mente. Nada, la cabeza. Ahora, la sensación es ésa: atonía; indiferencia; lasitud; desinterés. Será la bioquímica que introduzco en mi cuerpo dos veces al día. Tiene sus efectos, sin duda. Está por ver que pueda retornar a ser la que fui. Está por ver si ahora deseo ese retorno, sin ella presente. Igual querría ser distinta a la que fui, como si renegara de mi yo anterior. Ese punto tampoco lo tengo claro todavía. Pero no lo descarto.
22 de mayo
Ayer leí un cuento de Maupassant, y me abstraje lo suficiente como para que la trama me absorbiera, y para que hoy recuerde hasta el argumento. Pero es que la semana pasada, volviendo a ver Manhattan, me sorprendí a mí misma riéndome en un par de escenas. ¿Será la medicación? ¿O el hecho de que pronto hará un año de que ella se fuera? Un año ya. Casi. Apenas lo puedo creer. Y sigo viva. Casi no leo y habré visto cinco películas las últimas semanas. Pero he salido a caminar algunos días, y cuando he vuelto no he sentido que hubiera perdido el tiempo. Al contrario, llegaba cansada, con ganas de ducha, de sentarme. El cansancio me parecía un modo de sentirme viva. Paradojas. ¿El tiempo lo cura todo? Seguramente, no. No, no lo creo. Pero ayuda a difuminar la retrospectiva. Incluso a disolverla.
11 de junio
Un año ya (365 días, con sus noches; terribles la mayoría). No merece la pena seguir buscando explicaciones (suponiendo que se encuentren, no consuelan, lo he comprobado). No controlamos más que una parte de lo que nos sucede (y a menudo es minúscula). Hay demasiadas variables (tantas, que asombra tanto azar que nos trajo a este mundo). De lo que desearíamos, a lo que logramos, median a menudo abismos (infinitos, frustrantes, demoledores). Es así (y siempre así será). Hay que asumir muchas más cosas de las que estamos dispuestos a admitir (se llama ser realista, o persona madura; o inteligente, en suma). Ella se fue (realidad absoluta). Tal vez yo no la mereciera (no se descarta). Puede que ella no me mereciera a mí (más que probable, pero incomprobable). Mientras nos quisimos, fue hermoso (aún perduran recuerdos que lo confirman). Hasta que dejó de serlo (aunque no identifiqué bien las señales). Es un hecho (realidad empírica). Mi error fue no percatarme de ello hasta que fue demasiado tarde (o sí lo hice, pero no reaccioné, o lo hice mal, no recuerdo bien ahora). Culpa mía (siempre tenemos más de una por la que se nos juzga). La próxima vez lo haré mejor (es lo que decimos todos). Si hay próxima vez (que la habrá). Que espero que sí (seguro). Mañana recomienza todo (lo juro).
Del libro inédito Micrólogos
