RECORDANDO A CARLOS SIERRA, DRAMATURGO

Escribir de Carlos Sierra, teniendo en cuenta que nuestra relación fue esporádica, por momentos intensa, pero muy espaciada en el tiempo, no se me antoja del todo fácil.

Fue compañero mío en el infausto Valliniello en los años 90, aunque allí, curiosamente, trabamos poco contacto. Yo tenía otros intereses y era un profesor de asignaturas de ESO y Bachillerato, mientras que él impartía Formación Profesional (los dos sectores estaban poco conectados), y además pertenecía en teoría al “enemigo”: los de los ciclos de Administración y Gestión. Luego comprobaría que entre aquella panda de corruptos e impresentables, él era una cándida excepción. Pero aunque al final de su estadía en aquel instituto, ya sabía de sus aficiones y locuras, aún no trabamos una ligazón perdurable.

Sería al trasladarse para Oviedo, donde residía, cuando -paradojas de la vida- empezamos a tener más contacto. El punto de unión iba a ser que ambos escribíamos cuentos. De los míos, no toca hablar aquí. Pero los suyos eran algo inenarrable. Tenían mucho en común con una dialéctica del absurdo que los acercaba a la visión tremendista de Javier Tomeo, aunque con menor impacto y fuerza en sus argumentos. A mí muchos de los cuentos de Carlos no me gustaban nada, y se lo decía. Él se lo tomaba muy bien, no obstante; y siempre fue mucho más generoso con los míos. Del mismo modo, también tenía alguno que llegó a fascinarme, aunque fueron los menos. Tenía un protagonista que solía repetir en algunas de sus tramas, que se llamaba Matías Leng, a quien le imaginaba unas andanzas más propias de Arrabal que de Ionesco o Beckett; en cualquier caso, poco tenían que ver con mis narraciones, aunque siempre me acabaran sacando alguna sonrisa.

Pero su persona era interesantísima. Su conversación, también. Y de cuando en vez quedábamos en Gijón u Oviedo para tomar un café, charlar de literatura e intercambiarnos -en papel- relatos respectivos, y comentar los anteriores. Nuestros encuentros siempre fueron gratos y fructíferos.

Con el tiempo, creo que poco antes de jubilarse, le apareció -o le rebrotó, no sé bien- el gusanillo del teatro, y a él se lanzó con una pasión e intensidad propias de un jovenzuelo ansioso de tablas y bambalinas. Contagiaba mucho su entusiasmo a quienes con él contactaban, y eso facilitó que pudiera llegar a montar varias obras propias de pequeño formato, que estrenaba en locales subvencionados o con compañías noveles de actores y actrices tan enamorados del teatro como él mismo. Escribía las obras, se encargaba de encontrar lugar para los ensayos, de elegir los miembros de la “compañía” que dotaría de cuerpo a sus personajes en las tablas, dirigía todas las operaciones, y hasta intervenía como actor. A ello le empujaba su vena histriónica y exhibicionista de abuelo intenso, rodeado de jóvenes no menos intensos.

Asistí a tres o cuatro representaciones, en cada una de las cuales se escenificaban cuadros u obras de micro-teatro. Su universo era el mismo de sus cuentos. Pero en el teatro a mí me llegaba más. Además, tenía una extraña habilidad (en alguien tan lego) para conseguir muy buenas interpretaciones de las personas que se embarcaban con él en sus locuras absurdas, de modo que aunque no todas las obritas me interesaron por igual, la labor de los actores, y sobre todo de las actrices, compensaba otras carencias. Por si fuera poca su entrega, la generosidad de que siempre hizo gala le instaba a ofrecer un ágape posterior a la escenificación, donde participábamos conjuntamente actores y público, que nunca fuimos más de docena y media de personas. En esas comidas de picoteo, el humor y la cercanía imperaron siempre, sin que faltara tampoco una crítica constructiva sobre lo representado.

Sin embargo, todo eso acabó diluyéndose poco a poco. Su edad avanzada y una enfermedad despersonalizadora fueron haciendo mella en él, y lo redujeron a alguien cuya memoria, antes privilegiada, resultara un instrumento cada vez menos útil para comunicarse con los muchos que le queríamos. El aislamiento que provoca la enfermedad, sumado a otros propiciados desde su entorno más próximo, motivaron que fuéramos sabiendo cada vez menos de él. Mis últimas llamadas ya no fueron respondidas.

Hace unas semanas alguien con quien trabó una excelente relación gracias precisamente al teatro, me comunicó su fallecimiento. No me dio pena. No moría muy mayor, aunque tampoco era un cincuentón. Pero cuando esa enfermedad te toca con su varita, y ya no eres quien fuiste, lo que se va es sólo un cuerpo. Su personalidad, su esencia ya no está unida a él. Resistirá en la memoria de quienes le quisimos, hasta que nosotros también nos evaporemos al final. Pero será una memoria agradecida y sonriente.

Pd/ La foto que apoya estas palabras pertenece a la única sesión que realizamos él y yo en mi salón-estudio, que, como ya he comentado por acá, fue todo un éxito. De entre las varias imágenes aprovechables, ya he publicado unas cuantas (ver 1, 2, 3, 4) Para esta vez elegí esta toma porque lo muestra con la mirada perdida, como pensando en la próxima asociación inverosímil entre un objeto inventado y un sorprendido Matías Leng, que debería desentrañar una trama imposible. Carlos Sierra en estado puro.

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