HITOS DE MI ESCALERA (55)

El año 1998 y el siguiente, 1999, tendrían lugar dos hechos “tecnológicos” que supondrían un impacto invaluable en mi vida personal. El primero, sería la compra de mi primer ordenador portátil (un Toshiba Satellite 300 CDS, de 12″ de pantalla). El segundo, mucho más importante por sus consecuencias directas, la instalación, aprendizaje y uso de la primera línea fija de internet de que dispuse en mi domicilio.

Disponer de un ordenador portátil dio una agilidad antes impensada a mis circunstancias personales. No sólo en lo profesional, pues podría llevarlo a mi instituto si la ocasión lo requería, sino, y más importante, me permitió proseguir mis trabajos de escritura en mis viajes, y más concretamente cuando me desplazaba a León, a ver a mis padres y hermano. Comparado con los de hoy, era bastante feo, horrorosamente grueso, muy pequeño, y de manejo mucho más complicado que los que vendrían después. Pero en mis manos, y con la percepción del neófito en el asunto, aquello era una joya maravillosa que evitaba las interrupciones excesivas en mis historias, y podía incluso también trabajar algunas cosas de clase cuando estaba fuera. Todo ello venía derivado por el hecho de que en casa de mis padres no había entrado ni entraría ordenador fijo alguno, ni portátil, ni red de internet de ningún tipo, como no fueran los que lleváramos mi hermano y yo. De modo que la necesidad estaba más que justificada. El insultante precio del aparato, aumentado por ser de una marca puntera, era compensando con creces con los buenos momentos que me procuró desde el inicio. Y eso que aún no disponía de conexión a internet.

Con todo, sería el segundo avance, el de mi acceso al mundo de internet, el que resultaría capital, demoledor, reestructurador, y más etcéteras. La fecha en que tuvo lugar la recuerdo con total nitidez, y cuando la recupero en alguna conversación, mis personas cercanas acaban sonriendo casi sin excepción, pues lo repito con regularidad; y quienes aún no saben de qué se trata, acaban preguntando invariablemente el porqué de ese recuerdo tan nítido. Fue el 3 de septiembre de 1999, a media tarde. Ese día, una empresa de cable me instaló la red de fibra que me permitía disponer de internet en casa. Ese día, todo cambió, definitivamente. Bueno, igual exagero; pero no: con seguridad no exagero. Porque si no todo, una buena parte de mi vida se vio transformada con una rapidez anonadante.

Para quienes ya han nacido con conexión a internet no sólo en casa, sino en sus móviles, y la lleva pegadita a la mano de continuo -incluso en el excusado-, les resultará difícil entender la excitación que suponía aquella autopista hacia el mundo en sus inicios, cuando las ventanas de que se disponía anteriormente nada tenían que ver con aquello. Consultar lo que se quisiese, como si de una gigantesca biblioteca se tratase. Poder acceder a obras agotadas o raras, en formatos de diverso tipo. Comunicarse con seres queridos o con tus contactos personales y laborales con lo que se llamó “correo electrónico”, donde se podían adjuntar archivos de todo tipo y condición; o bien por videollamada, con lo que ello podía comportar. Darse cuenta del potencial de difundir la obra propia -palabras y fotografías- a todo el mundo a golpes de clic, creando y alimentando una página web personal o una bitácora -vulgo blog-. Aprender a disponer gratuitamente de mundos que de otro modo no se podrían tener, y aprender a robar a través de la red (hablo, claro, de la piratería informática -programas-, de la piratería educativa -recursos-, de la piratería musical -canciones y cedés de todo tipo-, de la piratería audiovisual -películas, series, documentales-, de la piratería cultural -libros, revistas, artículos-, etc). Cada uno de estos submundos daría para hablar horas, y no acabaríamos. Pero el que demostró que podía alterar de una manera tan absorbente como radical mi vida sedentaria habitual fue el acceso a las plataformas de chat, es decir, a la posibilidad de interactuar con otras personas. Desde casa. A cualquier hora. Sin arreglarse para ello. Y con la temática que uno escogiera. Aunque en mi caso no hablo de foros sesudos ni clubes de lectura. Hablo de salas de chat para ligar como un poseso. En los inicios, el famoso ICQ y el servidor de IRC-Hispano fueron los universos donde comencé una andadura excitante en grado sumo y de una promiscuidad exacerbada, súper estimulante al principio, y luego más preocupante.

Al objeto de entender el impacto que en mí tuvieron los chats, habría que hablar de mi yo sentimental y erótico, asuntos que han quedado apartados de estos Hitos, por voluntad propia, salvo alguna excepción muy puntual. Bastaría con apuntar que mi adolescencia y primera juventud no fueron muy normales en ese punto, que mi timidez me abocaba a perderme muchas oportunidades, y que sólo podía ofrecer idea de mí si podía hablar. En una discoteca, baile, fiesta, pub, etc. yo no funcionaba, ni siquiera con ayuda alcohólica. No eran mis medios. Aun así, había tenido algunas novias, que a mí siempre se me antojaron poquísimas, pues el donjuán que todos llevamos oculto demandaba más cantidad de la obtenida.

Dicho esto, ahora imagíneseme en la soledad de mi piso de soltero, con todo el tiempo que yo quisiera dedicar a cada cosa totalmente a mi disposición, y accediendo a una sala virtual -vulgo chat- donde el tipo de personas con las que trabar contacto ya ha sido seleccionado con anterioridad, y los filtros temáticos ya han actuado reduciendo mucho las tonterías de estos inicios. Imagínese a un tipo que es muy poco masculino, en el sentido que habla por los codos -incluso solo-, que tiene una velocidad de tecleado superior a la media, porque en su momento aprendió a escribir a máquina por un procedimiento “al tacto” que emplea todos sus dedos, y que escribe casi a la misma velocidad que habla. Añádase que en esos chats uno puede estar “hablando” con varias personas a la vez, sin que las otras sean conscientes de ello, y teniéndose en cuenta que la velocidad de cambio de ventana y de escritura, fomentan que se puedan dar varias conversaciones al tiempo -en mi caso, unas cuatro o cinco, hasta que una acababa centrando la atención-. Aquello era una bicoca para alguien como yo. Aquello sí podía ser mi medio. Y aquello acabó siéndolo.

No entraré en detalles ni en cifras. Baste decir que en los siguientes años no hubo mes que al menos dos o tres veces por mes fuera yo a impartir clase sin haber dormido ni un solo minuto, por haber estado chateando toda la noche. Mis alumnos jamás notaron nada los días en cuestión. En eso siempre fui muy profesional, y en mis clases mi concentración no se vio nunca alterada por ello. En este caso, mis condiciones de entonces me concedieron lo que antaño mis “otras condiciones” me habían escatimado con tacañería.

3 Comentarios

  • Emma
    Posted 29 de mayo de 2024 09:24 1Likes

    ¡Mae mía, amigo mío, qué tiempos aquellos! Guardo en mi memoria (casi) todos los detalles de aquella época. Sobre todo, el día en el que fui a tu casa para que me mostraras tu nuevo descubrimiento, los famosos salones de chat, asegurándome que aquel era un mundo en el que yo iba a triunfar.
    Triunfar, triunfé. No voy a entrar en detalles, pero en eso, como en otras cosas, no me acerqué a tus estadísticas.
    Mucho más productivo fue el uso del nuevo recurso en mis aulas. Efectivamente, se abrió, ante mí, un mundo apasionante y muy esperado. Esperado, desde que, allá, a finales de la década de los setenta, del siglo pasado, un personaje de la serie “Fundación”, de Isaac Asimov, guardaba en su bolsillo una “cajita” que contenía “la biblioteca universal”. Incluso, una década antes, cuando conocí a Hal 9000.

    • Eduardo Arias Rábanos
      Posted 29 de mayo de 2024 17:30 0Likes

      Un nuevo mundo, dices bien, que también a mí me resultó utilísimo en clase (¡qué te voy a contar!). Tiempos, sí, para memorar, para entender mejor quiénes fuimos entonces, y a su vez comprendernos mejor en los tiempos presentes, Asimov y Kubrick mediante. Me gusta que hayamos compartido todos esos momentos y muchos descubrimientos que fueron casi a la par. Me gusta, sí, me gusta mucho

  • Emma
    Posted 29 de mayo de 2024 09:24 1Likes

    Una de las cosas que recuerdo con más cariño, que me hace sonreír mientras escribo, son los gratīsimos momentos que compartimos, en tu casa y en la mía, delante de los sucesivos modelos de ordenadores, fijos y portátiles, que fuimos adquiriendo con el tiempo.
    Si tuviera humor, que no lo tengo, escribiría varios hitos, similares a este tuyo. Me conformo con leerte, retrotraerme a aquellos primeros momentos, y sonreír.

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