LAS INVEROSIMILITUDES DE LOS NÚMEROS 1: “LUPIN” Y “EL INOCENTE”

Desde hace ya varios años no consumo televisión. Sólo algunos programas que se emiten en diversas plataformas, y que sólo por la comodidad de la pantalla grande disfruto en el televisor. Pero no consumo televisión, ojo. Veo películas y veo series. Nada más.

No me puedo considerar un experto en películas ni en series, pero he visto muchas ya, y algo entiendo. Las principales compañías que ofrecen estos servicios tienen un catálogo apabullante de variedad, apto para todos los públicos. No hay de qué preocuparse. Siempre se hallará algo que acabe gustándonos. Pero cuando algo le gusta a mucha gente a la vez, siempre me surge la tremenda duda: ¿será realmente buena esa película, esa serie? Por lo común mi elitismo se resiste, y pasa. Pero tras años de largo recorrido puedo afirmar que da lo mismo qué edad se tenga y cuánta experiencia se atesore: al final, uno acaba picando.

Me pasa también a mí, que presumo de olfato para detectar mierda televisiva, con un vistazo de pocos minutos. Pero a mí también me engañan, algunas veces. Las dos más recientes, dos series de la plataforma Netflix. Una, es francesa, la otra española; pero la nacionalidad importa poco en este asunto. El caso es que las dos han arrasado en sus diferentes propuestas, y se han encaramado al número 1 de sus parrillas en cada momento. Yo también, por supuesto, acabé mordiendo el anzuelo, como ya conté por estos pagos con la inefable Ocho apellidos vascos, que sólo me arrancó tres carcajadas en sus 100 minutos, a mí, que me río a veces solo, y del aire. Pero insisto, para no desviarme: yo también pequé. Piqué, quería decir. Y dos veces en escaso lapso de tiempo.

La primera, Lupin, tiene a su favor contar con un actor inmenso que la protagoniza, Omar Sy, que llena la pantalla, y no sólo metafóricamente. Es un gusto verle actuar, y te enamoras de él de inmediato. Pero, claro, la historia que cuenta está llena de tantas truculencias, de tantas incoherencias, que si la hubiera visto el autor original de las novelas francesas que la inspiraron, Maurice Leblanc, habría bramado a los cielos y algún bastonazo de los suyos habría propinado seguro. Cuando ya desde el comienzo me muestran un inverosímil robo de un collar ¡en pleno Louvre!, ya vi de qué iba la vaina, y no pasé del episodio primero. En este caso, tampoco me engañé tanto, podríamos decir.

Peor sería con la segunda, El inocente, que ya de entrada tiene en su contra estar protagonizada por un actor (es un decir) cuya estolidez y carencias son tan gigantescas como la contumacia de los productores en contratarle para interpretar algo con lo que no puede casi nunca: Mario Casas; y ubicar a una excelente actriz de comedia, Alexandra Jiménez, en un papel serio al que no toma la medida nunca. Sin embargo, aquí la trama, complejísima, y con una narrativa más inteligente, acompañada de varios actores de talla (Aura Garrido, José Coronado, Gonzalo Castro), tiraba de mí capítulo a capítulo en pos de la resolución del complejo laberinto de hilos. Y así hasta el final. Sin embargo, el cáncer de las producciones actuales (literarias y cinematográficas, ex aequo), es decir, la escasa verosimilitud de muchos de los ladrillos que conforman las diversas tramas, me reventó con varias muestras de esa inconsistencia guionística que tanto abunda hoy. Y no sólo el final. Ya había avisos previos. Lo que sucedió es que la trama tiene cierta habilidad para lograr quieras seguir sabiendo, lo que es una virtud, pero cuya resolución final es tramposa en varios puntos, muy pillada por los pelos en otros y a todas luces inverosímil en su generalidad.

Y ese carácter inverosímil, el no cerrar bien los diferentes episodios de los que consta una trama de este calibre, es lo que más me encabrona de estas series tan “exitosas”. Es culpa dolosa de los guionistas, ya se sabe, que pecan de precipitados y de irrespetuosos con el espectador inteligente. Claro que quienes les contratan son siempre otros. Pero no nos suenan sus nombres. Sólo que hacen caja. Y que se forran a nuestra costa, además.

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