LA MIRADA DEL HEREDERO

Fue una llamada inesperada. Mi amigo pasaba por mi ciudad. Quería presentarme a su nuevo heredero. ¿Cómo negarme? No podía quedarse a comer, pero apalabramos un café de tarde. Tras los abrazos, la emoción, la preparación de las infusiones, nos sentamos. La palabra volvió a derramarse a raudales, tras tantas ausencias. El chico, siempre en brazos de su padre, era callado y no sonreía. A las caricias y besos de presentación, no había reaccionado. No molestaba, pero estaba ausente. No fijaba la mirada en casi nada. Tampoco me miraba. Pero permitía que su padre y yo habláramos, casi atropelladamente. Hablar con mi amigo había sido siempre una de las bendiciones que la vida me había regalado. Y comprobaba que nada había cambiado. Salvo por la frecuencia. Hacía más de un año y medio que no nos veíamos. La vida. Pero la palabra circulaba por sendas conocidas, y no importaban los vaivenes de nuestras muy diferentes trayectorias. Importaba el momento, mágico de nuevo. De puesta al día, sí, pero también de proyectos, de adivinación de futuros. También, la nostalgia de tiempos de mayores lecturas y creaciones literarias. Pero el instante era perfecto, y ambos lo sabíamos. Como sabíamos que en breve tendría que irse. Por eso, propuse cerrar el momento con alguna fotografía que lo inmortalizara. Lo esperaba, y asintió satisfecho. No habría sido lo mismo sin algunas de tus fotos, dijo. Mientras fui a por el equipo, él se levantó, con el niño siempre en brazos, y comenzó a hurgar por mi biblioteca. ¡Qué maravilla, poder tener todos tus libros contigo!, confesó. Había un dolor sereno pero enorme en esas palabras, y yo sabía por qué lo manifestaba con ese tono. Pero enseguida nos pusimos con las fotos. Estuvimos un rato cambiando de lugares para aprovechar mejor la luz. El crío se mostró más interesado con las fotos, al menos miraba a la cámara. Aunque el contraste era notable: su padre sonreía feliz y él seguía serio, aunque no enfadado. De sobra sé que no conviene forzar las cosas con los niños. Pero intuí que su hijo -digno heredero de su padre- necesitaba de cierta individualidad y protagonismo. Propuse a su padre que volviera a mirar los libros. Olvídate un rato de que estoy, le dije. Pero el rostro del niño tenía que estar mirando hacia mí. Aceptó de inmediato. Y mientras él seguía paladeando títulos, el niño se transformó. Me encaró los ojos y no dejó de mirarme en todo el rato en que le disparé una docena de tomas. Por fin estaba él solo frente a mí. Y en silencio me contó muchas cosas, sin despegarme la mirada. Y yo las fui anotando todas, para no olvidarme ninguna. Por último, me dio las gracias con una única y tenue sonrisa, que ya no pude captar para la posteridad. Pasados los años, y cuando recalo en la mejor imagen, no me acuerdo de nada de lo que hablamos mi amigo y yo. Pero esa mirada ya no se me despegaría nunca. Y el premio inmenso de su breve sonrisa final, tampoco.

2 Comentarios

  • Sasy
    Posted 7 de enero de 2026 17:52 0Likes

    Me encanta la foto y su historia!!
    Me da un poco de envidia de la mala ( valga la redundancia, porque a mi modo de ver no hay envidia sana).
    Lo que yo daría por estar en una foto hecha por tí.
    No digo posar para tí porque podrías escojonarte vivo si ves mis formas de posar para las fotos jjjjj.
    Como siempre un placer leerte querido Maestro!!

    • Eduardo Arias Rábanos
      Posted Hace 4 días 11:14 1Likes

      Yes muy envidiosuca, tú, paezme a mí. Menos mal que te que quiero lo suficiente como para pasarlo por alto. Pues el hecho de que no estés en mi elenco de ex-alumnos/as fotografiados por mí es bien raro. Probablemente se deba a que nuestro acercamiento fue bastante posterior a tu salida del instituto. Si no, estarías en el lugar que te corresponde, bien alto. Seguro

Deja un comentario