A participar en una romería muy famosa llegó un agresivo fulano, con afán competitivo. ¿Dónde hay que llegar?, preguntó. Y le respondieron, indicándole el lugar. Y ¿cómo se llega antes? Le dijeron que no se trataba de llegar antes que nadie, sino de hacerlo el mismo día que los demás, y de querer hacerlo con fe. Y la fe, ¿para qué?, inquirió. Le miraron con mayor detenimiento, algo asombrados. La fe es necesaria para soportar el sufrimiento del trayecto, explicaron. Pero ¿por qué hay que sufrir? Para obtener el favor del santo, fue la respuesta. Pero yo no quiero el favor de ningún santo porque no creo en ellos. El más alto y más fuerte de los romeros preguntó: «Bueno, entonces: ¿por qué estas aquí? Esta es la romería del santo patrón del pueblo. Si no crees en él y no le vas a pedir nada, ¿para qué vas a hacer el esfuerzo de atravesar el río y subir a la ermita?» No sé. Pasaba por aquí, y me pareció una competición: quería participar. Y ganar, por supuesto, porque participar sin ganar es pobre beneficio. Le contestaron que no, que en esa comarca no competían unos contra otros; y que todos creían en su santo patrón, por lo que en aquel lugar estaba de más. ¿Me estáis echando? El más bajito de los mozos dijo que para nada, pero que eso no era lo que él andaba buscando. Pues vaya filfa de romería. Las miradas de todos confluyeron en su persona. ¿Qué? A las miradas siguieron las sonrisas, cada vez más excluyentes. ¿Ahora no decís nada? Romería, romería. Para esta mierda de romería… Las sonrisas desaparecieron y los semblantes duros lo rodearon. El mayor de los romeros pidió calma y dijo que tal vez habría que hacer una excepción con el foráneo y permitirle competir, como en los primeros tiempos. Los demás lo miraron, entendieron y asintieron. Bueno, parece que razonáis, al fin. Le dijeron que se preparara, que competiría con el río. ¿Con el río? Vaya, esto se pone emocionante. ¿De qué va la cosa? Se lo explicaron, y al poco rato, mientras lo fueron atando a la cucaña, le fueron dando las últimas explicaciones. Se le sumergiría en el río en la zona de los rápidos y tendría que estar luchando con el agua durante media hora. Si era ágil, podría sobrevivir dándose la vuelta. Si no, moriría. Pero eso parece imposible. Antes de lanzar la cucaña a la zona de rápidos, corroboraron su impresión. El más viejo le dijo que la estadística así lo indicaba. Pero, entonces… ¿dónde está la competición? De hecho, continuó el líder de los mozos, en los antiguos tiempos no había sido una competición, pero que por deferencia a él, iban a hacer que así pareciese. Malditos, si no hay competición, lo que hay es una ejecución, me vais a matar. Le respondió por último el más alto y fuerte de todos: «Para nada se tratará de una ejecución, pues ningún delito ha habido. Antaño fue sólo una ofrenda a los dioses paganos anteriores a nuestra era. En realidad, se trataba de un sacrificio humano, como tantos había entonces. Lo habíamos superado en los tiempos nuevos, pero se ve que los instintos obran por su cuenta y afloran a poquito que se les presione».
Del libro inédito Micrólogos
