Pregunta 247 (v. pregunta 125)
Cuando usted hace un sacrificio importante, ¿se lo dice a los demás o lo guarda en secreto? ¿Le fastidia que la gente no reconozca sus sacrificios? ¿Qué es lo que usted nunca sacrificaría voluntariamente? ¿Su vida? ¿Su salud? ¿Su integridad? ¿Sus sueños?
Suele depender de qué es más favorable para mí en cada circunstancia; no tengo un principio que mantener por fuerza, sino que evalúo cada situación y actúo según lo que más me beneficie con respecto a las personas a que se refiera dicho episodio: si compruebo que pertenece/n al tipo de persona que no le gusta que le recuerden las cosas a cada poco, pero que es lo suficientemente agradecida como para que yo reciba tarde o temprano el “pago”, el “rédito” de mi acción, entonces no digo nada; pero si es de esas personas que creen que todo lo bueno que reciben de los demás es un justo pago a lo “buenas” que son, y que por supuesto no les debe costar nada, tendrán asegurado un recordatorio que les ponga al día de que todo lo que yo ofrezco no es gratuito, sino que debe ser seguido de una reciprocidad más o menos regular, más o menos equivalente. Si no, no vale. Para mí los sacrificios no son sino esfuerzos suplementarios que llevamos a cabo en nuestras relaciones sociales que, como a nadie se le ocultará, suponen una transacción continuada de impulsos en ambas direcciones, la cual puede ser interrumpida por multitud de elementos. Si son esfuerzos más importantes, que exigen mayor voluntad, interés y esfuerzo, deben por lógica ir acompañados de la lógica contrapartida, incrementada adecuadamente tanto en calidad como en calidad y frecuencia. Quién establece cuál es el nivel de adecuación de dicho incremento no es otro que quien lleve a cabo el sacrificio. En mi caso, no me conformo con prórrogas excesivas, ni con moneda de cambio devaluada.
De todo lo anterior se puede colegir que no realizo demasiados, pues mi pesimismo existencial me induce a pensar que no seré suficientemente compensado. De todos modos, si los hago y no se me reconocen, me sienta terriblemente mal. Y entonces puedo optar por dos posturas. Si pienso que la persona en cuestión merece la pena y tal vez no ha sido consciente de mi “postura sacrificada”, protestaré, con un nivel de intensidad variable, teniendo en cuenta mi interés en dicha persona, el nivel de sacrificio y mi urgencia de reconocimiento. Si, por el contrario, se trata de alguien que no me era fundamental y, además, ha demostrado semejante falta de delicadeza, ni siquiera me molesto en comentar la cuestión ni mi necesidad de que se me reconozca; muy probablemente, corto la relación, y punto.
No sé qué sacrificaría con menor desagrado. Desde luego, la vida no. La salud, muy difícilmente. Los sueños, el tiempo y la integridad, en escasas circunstancias. No, en verdad, yo no puedo considerarme una persona propensa o capacitada para los sacrificios. Todos los que he llevado a cabo me tenían a mí como parte integrante del equipo beneficiario de los mismos, así que…
Pd/ Los textos que responden a las cuestiones formuladas en El libro de las preguntas de Gregory Stock, fueron elaborados entre 1998 y 1999. Si deseas ver el resto de las entradas de esta serie, pincha aquí
