Los Íncipits son, en el plano literario, los comienzos de relatos, cuentos, novelas. Muchas veces, una narración surge del propio comienzo, aunque parezca un juego de palabras. Quiero decir que en ocasiones todo un relato se continúa porque se ha encontrado un inicio prometedor. Muchas otras (son abrumadora mayoría), se dispone del inicio, pero no se sabe o no se quiere continuar. Los que siguen son ejemplos de este segundo tipo. Pretendieron ser algo, y se quedaron en eso: en proyectos sin desarrollar, en potencias sin acto, en relatos que no lograron continuidad. Dejan, eso sí, amplio espacio a cualquiera para imaginar cómo seguirían. Y animo a quien esto lea, a que pruebe y concluya lo que yo sólo pude comenzar. Tiene todo mi permiso para hacerlo, y este escrito se puede mostrar como justificante de ello.
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- Vine hasta aquí buscando a mi padre, pero resulta que ya murió, en la indigencia, y no dejó tras de sí sino deudas. Qué perra vida, ¿no? La mía, digo
- Me he propuesto buscar a mi asesino. No pude verle la cara: me atacó por la espalda y sólo capté su aliento mentolado tras de mí. Mi intención es firme, pero por desgracia debo ser ayudado en mi tarea. No puedo hacerlo solo
- El padre comunicó a su hijo que se había enamorado de la esposa de éste. Habló mucho de inevitabilidad, de destino, de ausencia de voluntad. “Quédatela, me haces un favor”, respondió el hijo. El padre sintió que se desenamoraba en ese mismo instante.
- Bastaría decir que me llamo Salman Rushdie, William Assange, Roberto Saviano o Edward Snowden, para que al menos me prestarais un mínimo de atención. Pero me llamo Pascual García, y, claro, no es lo mismo. Pero que esto va a ser una masacre, os lo aseguro
- Al salir por el portal, me encontré con que entraba una chica de sonrisa arrebatadora, a la que por educación facilité la entrada, por la que respondió con un “gracias” demoledor, que me trastornó la mañana, la tarde, la semana entera y aun varios meses. Nunca la volví a ver, sin embargo
- Yo no maté a mi padre, señoría, aunque motivos nunca me faltaron para hacerlo. De hecho, pensé hacerlo muchas veces, aunque… Bueno, bien pensado, a estas alturas ¿para qué fingir, señor juez? Sí, yo maté a mi padre, y si quiere le escribo en una lista esos motivos que mencioné al principio
- Mi familia era feliz, completamente feliz, y lo éramos a nuestra particular manera, individual y particular, como nadie más habría podido serlo. Fue cuando llegaron por fin las desgracias, cuando empezamos a captar las características comunes con todos aquellos que sufren las injusticias de la vida
- Cuando mis padres me mostraron aquella lámina famosa, reaccioné con rapidez y dije que aquello era un sombrero, parecido a los que usaba mi tío Luis. Todos asintieron con admiración, orgullosos de mi sagacidad. Gracias a mi capacidad de reacción no me preguntaron nada durante unos años, y pude domesticar a la boa; y también al elefante
- El día que lo iban a matar -no preguntéis por qué- Avelino Cienfuegos comprendió lo que iba a suceder, hizo las maletas, metió lo imprescindible pero más valioso, transfirió todo el dinero de sus cuentas, compró un billete con destino remoto, y sin decir nada a nadie, desapareció. Para siempre. Era lo mismo que habría pasado si no se hubiera enterado. Pero de ese modo, siguió viviendo
- Habíamos oído contar esa historia en casa cientos de veces. Pero esa vez ya no lo pude soportar. Primero, la llamé embustera. Luego, egoísta. Luego, irresponsable. Luego, mala madre. Como nada la hiciera callar, hice lo que tenía que hacer, y debía haber hecho hace mucho tiempo. De hecho, mis hermanos me dieron la razón a lo largo de todo el proceso. Y vienen a verme puntualmente todas las semanas
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