La cita era a las diez en punto, y se había especificado puntualidad extrema, británica. Como siempre, excepto Fernando, el anfitrión, cada uno llegó cuando le vino en gana, acorde a su carácter. Ello no dulcificó su ya adusta expresión. Cuando Ricardo, el último en llegar, se hubo sentado, Fernando tomó la palabra, serio. —Estoy harto de vosotros. Más que…
