—Pero ¿de verdad estás seguro de lo que dices? —Pues claro. De muy buena tinta lo sé. —¿Entonces…? —Sí, tal como te dije. —Estamos apañados, pues. —Desde luego, nuestros días están contados. —¿Y los de ella? —Son los suyos los que están contados realmente, y, como consecuencia, los nuestros. —Tan sana que parecía… —Para que te fíes de las apariencias.…

