EL HOMBRE QUE REZABA

Este hombre entró solo en la catedral de Albi. No portaba maletín, ni libros, ni bolsa alguna. Pese a no ser el momento adecuado, pues el recinto estaba lleno de turistas arrobados por la exuberancia interior del templo, este hombre llegó, se sentó, inclinó la cabeza, y se puso a rezar. O eso parecía. También podía estar pensando, o meditando. Pero resultaba claro que no había entrado allí para contemplar bóvedas o esculturas. Estuvo así un buen rato. Yo, mientras recorría las naves y hurgaba el interior de las capillas, le vigilaba cada poco.

De pronto, frente al altar se colocaron dos filas de críos, que ocuparon dos escalones en el presbiterio. Frente a ellos, un hombre de barba, algo entrado en carnes, los alineaba con paciencia. Sus manos se movían rápidas, mientras intentaba que la voz no se escuchara más allá de unos pocos metros a su alrededor. Cuando los chicos estuvieron listos, dejó una carpeta sobre un asiento, levantó los brazos y miró hacia un lado: localicé a un clérigo que se encontraba sentado ante el teclado del órgano. A una señal de su cabeza, las notas del Ave Verum Corpus de Mozart comenzaron a desgranarse por el espacio. Las voces blancas siguieron obedientes los dictados del organista y de su director de coro. Fueron unos minutos deliciosos, que nos dejaron a todos pasmados. En ese lapso de tiempo dejé de estar pendiente del hombre que rezaba, o pensaba, o meditaba. Cuando volví a reparar en su presencia, me encontraba a pocos metros por detrás de él. Parecía abstraído, relajado, y su cabeza miraba a los niños con gran concentración. Fue cuando tomé esta imagen. Pero seguí caminando hacia adelante, hasta ponerme a su altura. Pude entonces mirar su cara. Humedecida por las lágrimas, que brillaban al contraluz de las vidrieras. Sonreía con una dulzura contagiosa.

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